Del Pilar de Sal a la Línea de la Belleza: Medio Siglo de Literatura Gay

 Por Carlos Fuentes Velasco, Director Asuntos Culturales de la Fundación Igualitos.

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Aunque es imposible rastrear con precisión el origen de las letras gay—tanto en términos de representación como en autoría, los ejemplos abundan y se remontan hasta la antigüedad—un cambio importante sucede a mediados del siglo XX con la aparición en 1948 de La Ciudad y el Pilar de Sal (título original en inglés, The City and the Pillar). Esta novela del escritor estadounidense Gore Vidal revoluciona la representación del hombre gay en la literatura, ya que el protagonista Jim Willard recibe un tratamiento empático que permite al lector entender su experiencia y sentimientos.

Antes de esta novela el homosexual era sistemáticamente escrito de forma caricaturesca, como un sujeto vil y amoral que inevitablemente encuentra una muerte violenta debido a su transgresión contra el orden “natural” de la sociedad. Vidal invierte esta dinámica y critica a la sociedad que persigue al homosexual, demostrando como el prejuicio crea su propio objeto de odio e ilustrando como individuos mentalmente sanos sufren a manos de una sociedad neurótica. Además, Vidal rompe con el estereotipo del homosexual como afeminado o socialmente inepto. Su personaje central es un consumado atleta que además socializa exitosamente en distintas circunstancias. Lejos de ser una condena contra ciertas preferencias o expresiones de género, Vidal enfatiza la variedad de experiencias en los hombres homosexuales.

Poco más de medio siglo después, contando ya con el legado de escritores gays de éxito (destacando entre ellos Christopher Isherwood, W.H. Auden y Edmund White entre otros), la novela La Línea de la Belleza(título original en inglés, The Line of Beauty) marca otro hito para la representación del hombre gay en las artes. Es con este relato que el escritor inglés Alan Hollinghurst recibe en 2004 el Man Booker Prize. Esta presea, la más prestigiosa de las letras de habla inglesa, es un certamen anual que reúne lo mejor de las novelas publicadas en todos los países que comparten la lengua de Shakespeare. En su momento, el éxito de Hollinghurst fue ensalzado como una victoria para la comunidad LGBTI, y en particular un logro en cuanto a visibilidad y aceptación de los hombres gay.

         Aunque publicada a principios del siglo XXI, esta novela toma lugar en el Londres de los años ochenta—época del apogeo de Margaret Thatcher, y momento en que la sociedad británica se transforma a pasos agigantados. Dicha coyuntura permite al novelista explorar simultáneamente los prejuicios de la clase que aun gobierna y la ligereza moral de una nueva generación. El protagonista Nick Guest se encuentra atrapado entre estos bandos opuestos y encuentra solaz en su afición por las novelas de Henry James, la música de Rachmaninoff y los muebles Luis XV. Mediante este personaje Hollinghurst hace del homosexual un foco de interés no solamente por la atracción a los de su mismo sexo, sino también en virtud de sus aficiones estéticas y manera de entender el mundo. Se trata de una representación que va más allá de lo meramente sexual, y que resonará con las distintas facetas que conlleva la homosexualidad como una forma especial de vivir nuestro entorno.

         A pesar de las diferencias temáticas y los años que separan a Vidal y Hollinghurst, estas novelas—ambas marcando un antes y un después en la literatura—cuentan con importantes similitudes. Cada novelista enfatiza el papel de la sociedad y su afán de persecución como el culpable de los desajustes que puede sufrir el homosexual, tanto en represalia por vivir su vida abiertamente o como la angustia de esconderse constantemente. La variedad en cuanto a los personajes de estas historias es también central, ya que ambas a su manera desmienten una manera “correcta” de ser homosexual, validando cada experiencia por sus riquezas particulares. Finalmente, ambos protagonistas comparten el recurso de una vida interior rica e independiente como mecanismo para superar los prejuicios de una sociedad incapaz de reflexionar, y es éste el papel de toda obra de artes que vale como tal: el de levantar un espejo en el que podemos admirarnos como sociedad y descubrir en donde continuamos fallando en nuestra humanidad.