Soy gay, por Alfredo Bullard

Por Alfredo Bullard, LLM Yale University y Socio de Bullard Falla Ezcurra +. Columna originalmente publicada en El Comercio

El valor de Carlos Bruce radica en estar dispuesto a enfrentar la intolerancia y prejuicios de los demás.

El siguiente relato no me ha ocurrido una ni dos veces, sino infinidad. En una conversación con distintas personas sale la discusión sobre los derechos de los gays, sobre si la relación entre personas del mismo sexo es una situación natural o sobre si se les debe permitir casarse.

Las personas se indignan. Viene entonces el argumento que, tratando de ser venenoso y contundente, toma la forma de una pregunta retórica: “¿Te gustaría que uno de tus hijos te dijera que es gay?”. La pregunta se formula en tono de ‘touché’, de “te di”. 

Mi respuesta es siempre la misma. “No me gustaría”. El interlocutor dibuja entonces una sonrisa como de triunfo, como si se estuviera reconociendo que efectivamente no es deseable que alguien tenga una relación de pareja con una persona del mismo sexo. “Si uno de mis hijos fuera gay, tendría que soportar los prejuicios de la intolerancia. Enfrentaría a personas que tratarían de convertir su camino a la felicidad en un martirio”.

No me molestaría que un hijo mío fuera gay. Me molestaría lo que otros harían con su decisión. Uno desea lo mejor para sus hijos. Encontrar la felicidad con una persona del mismo sexo sería su derecho y si eso lo hace feliz, a mí me haría feliz. Nadie debería frustrar una decisión legítima sobre su vida y su futuro. Nadie debería hacerlo sentir mal ni decirle que es un degenerado ni que su relación es una abominación. 

Cuando Carlos Bruce reconoció que es gay, hubo distintas reacciones. Las primeras las de los prejuiciosos descarados, las reacciones de quienes no tienen vergüenza de ser inhumanos. Allí están esos que han insultado y pretendido apanarlo en redes sociales. Allí están los que han dicho que tiene que dejar la política o los que han sostenido la estupidez de que existe un conflicto de intereses en su apoyo a la unión civil. Dicho sea de paso, si el argumento fuera correcto, por favor, los y las congresistas cucufatos y cucufatas (y demás hinchas de Cipriani) abstenerse de votar porque tendrían un conflicto de intereses. Una pena cómo las personas pierden oportunidades para quedarse calladas. Pero en fin. Es su libertad de expresión. Son libres de desperdiciarla como les parezca.

Otras reacciones han sido las de los prejuiciosos ‘light’. Para ellos “salir del clóset” muestra el valor de reconocer su situación. No es fácil hablar de sus desviaciones. Pero en buena hora. El valor de Bruce radicaría, para ellos, en reconocerse públicamente como es, con sus defectos. 

Pero lo cierto es que el valor de Carlos Bruce no radica en reconocer un defecto sino en estar dispuesto a enfrentar los defectos de los demás. Esos defectos, que nacen del prejuicio y la intolerancia, son de los peores que puede tener un ser humano. Se necesita mucho valor para enfrentarlos.

Y es que no es que las personas se metan en el ‘clóset’. Son los prejuiciosos quienes quieren encerrarlas. El verdadero problema no está en el interior del armario, sino fuera de él. 

Algún día esta discusión y estos argumentos prejuiciosos serán recordados como hoy recordamos los que se usaron para defender la esclavitud o el exterminio de los judíos en la Alemania nazi. El juicio histórico tarda pero llega. Muchas de las cosas que se han dicho o escrito para condenar el derecho de tener relaciones con una persona del mismo sexo serán vistas como desviaciones coyunturales, como anacronismos que no pudieron sobrevivir, como actos de poca humanidad que serán sepultados con los prejuicios que los generan. Ya está pasando. Es solo cuestión de tiempo.

No soy gay. Pero no tendría ningún problema en reconocerlo si lo fuera. No hay por qué sentir vergüenza por los actos vergonzosos de los intolerantes. Como decía Albert Einstein: “Triste aquella época en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.