Ideología de género: el reggaetón conservador

Por Dra. Paula Siverino Bavio

* Paula Siverino es doctora en Derecho por la Universidad de Buenos Aires y miembro del Comité Internacional de Bioética de UNESCO. Además, es consultora especial en la firma HDuarte Legal. Originalmente publicada en EL FARO.


Hablemos claro. La ideología de género no existe. Es un invento de grupos conservadores para denostar algo tan elemental de los derechos humanos como es el enfoque de género, que básicamente sostiene que quienes que no somos hombres heterosexuales también existimos (mujeres y el colectivo LGBTI) y tenemos necesidades y perspectivas propias. Eso sí, hay que admitirlo, la ideología de género (IDG) es uno de los inventos con mejor mercadotecnia de los últimos tiempos: pegadizo, fácil de digerir, de consignas pomposas y huecas que nadie en su sano juicio sostendría abiertamente. Igualito a las letras del reggaetón. Machistas, violentas, discriminadoras y denigrantes de las mujeres, pero qué rico suenan a las tres de la mañana después de varias copas.

Si el reggaetón de la IDG se escuchara en ese contexto, no habría nada qué objetar. El problema es que la llamada IDG no circula en antros y fiestas, sino en los despachos de diputados, discursos de aspirantes a políticos y en estrados judiciales. Inflama proclamas religiosas y aterra a abuelitas e imberbes. El problema es que hay gente que tiene tanto miedo de la libertad, y anda por la vida asustada hasta de la propia sombra, que está dispuesta a tragarse el reggaetón de la IDG como si fuera maná del cielo, sin prestar la más mínima atención a las implicancias de sus dichos, sin percatarse de la violencia descarada que este relato esgrime a diestra y siniestra.

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El reggaetón de la IGD que se han inventado es irresistible, porque es el santo grial de todos los pecados y descansa en el pecado de todos los pecados, el pecado original y menos original e irresistible de los pecados: el sexo. Está aderezado con un condimento harto retro y poco entendido pero colorido: el marxismo. Y hubo un genio que mezcló, cual barman iluminado, estos dos tragos prohibidos y logró un coctel adictivo que, en la voz sonora del predicador o de la predicadora de turno, parieron este irresistible reggaetón: la IDG.

Como toda ideología totalitaria, el reggaetón conservador de la IDG es simple y tiene estribillos pegadizos: los nenes son nenes, las nenas son nenas. Las mujeres a lavar los platos, el que llora es maricón, los maricones son enfermos, la enfermedad es mala, por ende, hay que desaparecer a las maricas y travas. La familia es solo una, el padre es cabeza de familia, las mujeres no tienen cabeza, el feminismo es satánico.

Como toda ideología totalitaria, el reggaetón conservador de la IDG es decididamente ignorante: decide ignorar las leyes internacionales, la Constitución y la dignidad humana. Decide ignorar lo que dicen la biología, la etología, la psicología, la antropología y sociología sobre la diversidad de la naturaleza como rasgo básico de supervivencia y de la que también participa la especie humana, mediante la diversidad étnica y sexual.

Como toda ideología totalitaria, el reggaetón conservador de la IDG desprecia abiertamente al que considera diferente, al indeseable, al que incomoda, al que no puede encasillar rápidamente. Como toda ideología totalitaria, niega la dignidad de otro ser humano al rechazar su existencia. Lo convierte en depositario de los peores vicios y responsable de todos los males.

El reggaetón conservador de la IDG es exitoso y pegadizo, pero es un refrito, una versión que repite la misma canción, pero con otro ritmo. Antes fueron la música de cámara anti indigenista, los blues del racismo, el swingdel nazismo, el jazz anti sufragista, el bolero antisemita.

 Y pese a ello las mujeres conseguimos el voto, y luego, otros derechos. La segregación racial y el antisemitismo aún existen, pero son delitos. El nazismo colapsó estrepitosamente; y, finalmente, los pueblos originarios han sido paulatinamente reconocidos y reparados por las vergüenzas de la Conquista.

El reggaetón conservador de la IDG también va a pasar, cuando cese la resaca de la violencia y se enciendan las luces. A medida que el tiempo pase y la educación avance, la educación en derechos y la educación emocional para sanar las propias heridas y dejar de temer a los otros, el enfoque de género será comprendido e incorporado en políticas públicas y en la vida cotidiana como lo que es: una coordenada básica y sencilla de convivencia que marca diferencias y señala necesidades de los históricamente postergados.

El enfoque de género es una coordenada elemental de los derechos humanos y significa ver al otro: una mujer, una persona gay, lesbiana, trans, intersex y decirle “te reconozco, sé que existes y que tienes derechos, al igual que los tengo yo”.

La ley de identidad de género, por ejemplo, no hace más que reconocer lo que la naturaleza misma dispone: que las personas se expresan en un rango que va de absolutos a no absolutos, de blancos y negros, pasando por la gama de los grises, en una riqueza que merece ser respetada y protegida. Todos tenemos una identidad de género, algunos serán cis, otros trans, otros no binarios, ¿y qué con eso?

Es absurdo seguir buscando la moral de la cintura para abajo en lugar de buscarla de las cejas hacia arriba. Todas las personas somos idénticas en dignidad y derechos y “todas” no acepta interpretación. Negar la humanidad de otro es indecente e inmoral; es, además, la única y real aberración.